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Se va un torero, se queda un maestro. Se va un torero (Esplá), y queda un maestro (Ponce). Pasa un torero, escribiría Joaquín Vidal. Alto ante 33 años de alternativa, la edad de Cristo. En esta misma plaza fue. La Misericordia hoy misericordiosa con Perera, que se dejó un toro vivo. La noticia ni es baladí ni una anécdota. Capea de testigo y Camino de padrino para Paquito entonces. Toros de El Cordobés. 1976. La historia es cíclica. Hay algo hereditario entre los Chopera. De repente el recuerdo de la despedida de Antoñete en Madrid se presentó como el fantasma de las navidades pasadas. Aquella encerrona con los toros de Belén Ordóñez se transportó al otoño presente con la bueyada de Puerto de San Lorenzo, una tía. A Chenel lo apoderaban los Chopera, a Esplá los Choperita.
Enrique Ponce corta cuatro orejas y un rabo e indulta un toro en Fuengirola. Vega, con tres orejas, y Manzanares, con dos, también. Como el 'Campillo', Enrique Ponce nunca falla. Es un profesional que se entrega, sea una plaza de primera o de tercera, como Fuengirola; esté rebosante de público o con casi medio tendido en cemento visto. Al primero, un toro con pocas fuerzas, lo veroniqueó entre olés. Con la muleta instrumentó series más que aceptables, sin obligar mucho a la res. Mató de estocada hasta la bola y le dieron las dos orejas